Y cuando digo todo, quiero decir todo: los candelabros, las escudillas, las lámparas, las campanillas para llamar al servicio, los jarros, las palanganas, la cucharas y los cuchillos, los saleros, el azucarero, los platos, las salvillas, las copas, las fuentes de servir, las escupideras, los marcos, los velones, los taburetes, las sillas y hasta los bancos y la tabla entera de la mesa para comer, sin contar los Cristos, los Crucifijos, las insignias y las imágenes de bulto de Vírgenes y santos que abarrotaban la estancia. Sólo se salvaban los tapices de Flandes, las alfombras turcas y las pinturas, y eso por ser de tela.
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lunes, 29 de enero de 2018
viernes, 20 de enero de 2017
Entre las escarpadas cúspides de los tejados...
Entre las escarpadas cúspides de los tejados, los truenos lejanos retumban en los cielos grises como cañonazos de las grandes y antiguas guerras polacas de antaño. Cobijándose de la tormenta en la entrada de la iglesia, se queda mirando la boina azul hasta verla desaparecer tras una esquina.
La iglesia está vacía y el altar mayor se ve muy lejos. Discretamente y sin que nadie lo vea, se santigua antes de retirarse a un pasillo lateral y refugiarse en un banco estrecho. Allí donde un rayo de luz calienta la tela marrón rojiza descolorida del estrecho cohín, se pasa un largo rato arrodillado a modo de inane penitencia y añoranza, tocando la madera oscura con la frente, intentando no pensar en nada, o mejor dicho, no sentir nada.
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