Y se derritió y lo fui comiendo porque el quiosco estaba muy lejos y cuando llegué al café la tía no estaba en la mesa. Me senté en un banco a esperarla, pensando que quizás había ido a algún recado. Miraba a mi alrededor con temor de no encontrarla y entonce la vi. La tía besaba a un hombre y ese hombre al que no pude ver bien se parecía al que había sentado a nuestro lado. Se estaban besando como en las películas, sin que hubiera espacio entre ellos. Estaban semiescondidos en una especie de recodo entre dos callejuelas, al abrigo de todas las miradas menos de la mía. No tenía edad para sopesar aquel beso, pero supe que mis ojos no debían mirarla, entonces regresé al quiosco y me quedé allí...
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lunes, 1 de junio de 2015
viernes, 29 de mayo de 2015
Un día de noviembre...
Un día de noviembre, cuando todo sucedía sin detenerse a esperarme, tomé conciencia de mi estado. Estaba sentada, llorando, en un banco de la iglesia de las Mercedes. Miraba aquel mural del pintor García Ramil que he visto toda mi vida y que indefectiblemente me empujaba a contar sus figuras con obsesión.
Conté ciento treinta y cuatro con los evangelistas y el coáo de angeles, pero me di cuenta de que unos angelitos se me quedaban traspapelados en la parte izquierda. Marina, mi hija pequeña, me cogió la mano y me miró arrugando la frente, redondeando sus ojos hermosos y oscuros, con esa cara que quiere decir: Ama, no te vayas lejos, que te necesito.
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