-¿Le duele? -Un poco. ¿Le importa que nos sentemos?
Ella le ayudó a acomodarse en el banco. A través del tejido aspero de su gabán, su cuerpo se notaba duro y firme, y Barbara se sintió inmediatamente atraída por él.
Al terminar de leer estuvo largo rato llorando, pero le incomodaba que la vieran y Anita aguardó paciente a su lado, con el brazo sobre el respaldo del banco y mirando hacia otro lado con discreción.
De modo que
aquella mañana Georgia se acercó a un banco vacío bajo los árboles, se sentó
con la manta a medio terminar que estaba tejiendo para su futuro bebé y esperó.
James no apareció.
¡Eh, loca!
Siempre lo recordaré: nuestras charlas íntimas sentadas en el banco de Smithies, el chicle se me pegó en el pelo durante el partido (¡gracias, mantequilla de cacahuete!) y entrar de vuelta a huretadillas ¡¡¡¡¡¡¡a las 4 de la madrugada!!!!!!! ("¡No, mamá, sólo me he levantado para ir al baño!") En serio, G., eres la chica más divertida y lista que he conocido y la mejor amiga que llegaré a tener. ¿Dónde estaría yo sin ti?...
El hombre enarcó las cejas y se volvió. Harry fué a sentarse en un banco. Tomó un ejemplar abandonado del Arriba, el periódico de la Falange, editado en papel fino y arrugado. En la primera plana, un guardia de fronteras español estrechaba la mano a un oficial alemán en una carretera de los Pirineos. El artículo hablaba de eterna amistad, de cómo el Führer y el Caudillo decidirían juntos el futuro del Mediterraneo occidental. Harry bebió un sorbo de vino; era más áspero que el vinagre.