Una ventana
daba a un patio interior lleno de plantas en macetas, donde unos hombres en
mangas de camisa conversaban sentados en un banco.
Invierno en
Madrid. C.J. Sansom
domingo, 15 de marzo de 2015
Mientras contemplaba los leones marinos sentada en el banco, Barbara volvió a recordar el abrazo de Bernie. Cuanto le debió de doler el brazo herido mientras la estrechaba con fuerza. Consultó su reloj, el relojito de pulsera de la marca Dior que Sandy le había regalado. En su mente no había resuelto nada, simplemente se había emocionado recordando el pasado. Ya era hora de regresar a casa, Sandy la entaría esperando.
-Ven, vamos a sentarnos un poco aquí dentro.- Subió con ella las gradas. El interior del templo estaba frío y oscuro, sólo el ornamentado altar cubierto de pan de oro aparecía iluminado. En los bancos en penumbra unas figuras borrosas permanecían sentadas con los hombros encorvados, algunas de ellas murmurando oraciones. Harry acompañó a Barbara a un banco vacío. Había lágrimas en sus mejillas. Barbara se quitó las gafas y se sacó un panuelo del bolsillo.
Había refrescado y sólo las mujeres más valientes y solitarias se sentaban a conversar en los bancos. Bárbara reconoció a la esposa de uno de los amigos de Sandy y la saludó con un movimiento de la cabeza, pero siguió adelante en la dirección al zoo situado en la parte de atrás del parque; quería estar sola.
-Venga -dijo Bernie-. Vamos a echar un vistazo. El interior había sido destruido; casi todos losbancos se habían retirado y las vidrieras de colores estaban rota. La imágenes habían sido sacadas de sus hornacinas y arrojada al suelo; unas balas de paja se amontonaban en un rincón. La parte de atrás de la iglesia había sido vallada para albergar un rebaño de ovejas.