sábado, 29 de julio de 2017

Al describir esta escena, recuerdo otra muy parecida...


Al describir esta escena, recuerdo otra muy parecida que retengo en la memoria desde que tenía unos cinco o seis años, de aquel tiempo cuando vivíamos en el Puerto de San Antonio, que está a unos cien kilómetros de Santiago de Chile. Mi madre solía llevarnos al paseo marítimo y después de caminar un rato con nosotros, “su prole”, como ella nos llamaba, se sentaba en uno de los bancos mirado el mar y nos permitía jugar y correr a su alrededor. Ella sólo miraba el mar. No hablaba, no hacía comentarios, tampoco lloraba; jamás la vi llorar recordando su patria.
Nahima.


domingo, 18 de junio de 2017

La anciana llegó al comienzo de la tarde y se sentó en el banco...


La anciana llegó al comienzo de la tarde y se sentó en el banco estrecho de una sala del museo, frente a un pequeño óleo de Velázquez al que comtemplaba fijamente, casi sin  moverse. Una horas después, poco antes de las ocho, una empleada del museo se acercó a decirle que era la hora del cierre. La encontró con los ojos abiertos, el bastón entre las manos, la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado y muerta.
La empleada declaró que, sobre las cinco de la tarde, había hablado unos minutos con ella. Recordó que, entre otras cosas, le dijo que había ido al museo del Prado para ver aquel cuadro antes de morise...


miércoles, 14 de junio de 2017

-¿No has escrito nada sobre la muerte?


  -¿No has escrito nada sobre la muerte? Si yo fuera escritora no escribiría de otra cosas. Me obsesiona. Cuando vivía en Marruecos vi morirse a mucha gente. Había una niña que iba todas las tardes a la plaza que había delante de mi casa a jugar al pincho. Era la que mejor jugaba de todos. Una de esas tardes, mientras estaba sentada en un banco con sus amigas se le acercó un perro con rabia y la mordió. Creo que tuvo una muerte horrible. ¿Tú has visto a alguien morirse?
  -A mi hermana chica.
A Cora le cruzó por la cara un nubarrón de vergüenza.
  -Perdón -dijo mordiéndose el labio de abajo.
 -Qué va, no pasa na, casi no me acuerdo de ella.
  No era verdad...

lunes, 5 de junio de 2017

Conforme me acercaba...


   Conforme me acercaba, pude contemplar con mayor detalle a los personajes de aquella casi égloga pastoril. Parecían tan relajados y felices, entre flores, bancos y fuentes, que habría jurado que aquel era el reducto inmaculado de una vida de contemplanción bucólica que, para mí, había pertenecido hasta entonces al ámbito de la utopía.

jueves, 1 de junio de 2017

La pareja, sin embargo, avanzó sin demasiados poblemas;


La pareja, sin embargo, avanzó sin demasiados problemas; Roger, cerca del escarpado borde, Holmes a centímetros de la pared del acantilado con el chico aferrado a su brazo. Después de un rato, la senda se ampliaba a un punto en el que había un mirador y un banco. Aunque Holmes pretendía continuar hasta el final, porque solo podía accederse a las pocetas durante el día (ya que la marea nocturna se tragaba toda la orilla), el banco parecía de repente un lugar perfecto donde descansar y conversar...
...Lllegaron a una lomas situadas en la orilla norte del estanque, donde, más allá de los límites del jardín, un río cercano y las lejanas colinas proporcionaban una hermosa vista. Había una roca cerca que habían colocado para que hiciera de banco natural, ya que su mitad superior estaba pulida y aplanada. Holmes y el señor Umezaki se sentaron para disfrutar de las vistas del jardín.

lunes, 22 de mayo de 2017

Más hombres había matado en Cuba...


Más hombres había matado en Cuba, y eran jóvenes e inocentes. Fue así cómo Albert Corner i Espiga abrió y al mismo tiempo cerró el capítulo de la mala conciencia. Incluso creyó que haber dudado había sido bueno, porque lo había reafirmado en la fortaleza de sus razones.
   Sentado en el banco de madera tapizado frente a la galería de su casa, a menudo observaba aquella calle Proveza que era un hervidero de andamios y obreros. Desde aquel atrio privilegiado, la única certeza que regía su mundo era la del poder. Y él lo había conseguido.

sábado, 13 de mayo de 2017

¿A lo mejor? Libero Parri se levantó.


  ¿A lo mejor? Libero Parri se levantó. Detestaba recurrir a ese truco, y por regla general solía evitarlo. Pero allí se trataba de una cuestión de vida o muerte.
  -Voy a salir un momento -le dijo a Ultimo-. Coge esto y no te muevas de ahí. Antes o después, volveré.
  Ultimo cogió la botella de conserva y la colocó cerca de él.
  -De acuerdo -dijo.
  Libero Parri salió de la Itala y caminó sin prisas hasta el Po. Permaneció allí mirando las colinas al otro lado del río, sentado en el banco. Desprendían riqueza y elegancia. Cuando llegó la hora de comer, encontró una bodega en las que hacían una sopa que no estaba nada mal y un curioso pastel de castañas. En cuanto acabó de comer, se quedó fumando con un cartero anarquista que tenía tres hijas a las que había llamado Libertad, Igualdad y Fraternidad. Bonitos nombres, dijo Libero Parri. Lo pensaba de verdad. Eran ya las tres cuando se presentó delante de la secretaria que tenía una pierna de madera. Ella lo miró con una sonrisa y sin dejar de sonreír le dio la buena noticia.

sábado, 6 de mayo de 2017

Avanzo por la calle y entro en un parque.


Avanzo por la calle y entro en un parque. Miro los bancos, sus patas de hierro y sus listones de madera.
  -¡Ahí os pudráis! -esclamo-. No tengo nada que ver con vosotros, ni siquiera os conozco. Esta noche no pasaré frío ni me destrozaréis la espalda, esta noche me espera un techo y una cama como Dios manda.
  Miro a los vagabundos que están tumbados en los bancos. Recupero la sensacion del tintineo y recuerdo lo desesperado que me sentía la noche pasada.
  Se está haciendo tarde y estoy cansado. Ya en el barrio chino me detengo delante de una pensión de mala muerte. No tiene marquesina para proteger de la lluvia a los huéspedes, ni tampoco portero con traje de comandante de la Guardia Imperial. Nada de eso es necesario, ya que todas las suites están en el tercer piso. Después de subir las desvencijadas escalera, me falta el aliento. En el descansillo me encuentro a un tipo sentando en un taburete dentro de una especie de jaula de alambre.

sábado, 29 de abril de 2017

Microcuentos. PIEDAD por Carlos Aymi



PIEDAD
por Carlos Aymí

Recordé eso de que los borrachos siempre dicen la verdad… y yo necesitaba escuchar una, la que fuese. Por eso me acerqué al tipo de la plaza, parecía tener una buena cogorza con esas pintas y un vaso de vino en la mano. Me costó hacerme hueco, le escuchaban en semicírculo una decena de personas. Le eché treinta y tantos, su piel era cetrina, iba descalzo.

Jesucrito no está sentado a la derecha del Padre, soltó de golpe, y siguió. No resucitó al tercer día. Un dios no puede permitir que su madre le llore desconsolada sin volver a la vida de inmediato. Y si debe rebelarse, lo hará. Contra quien sea, contra lo que sea; hombres, otros Dioses, o religiones. Una madre es lo primero.

Dejó de hablar y el silencio envolvió la plaza. Depositó el vaso de vino en el suelo y se dirigió a un banco cercano, allí le esperaba una señora mayor. Ayudó a que se levantara y se marcharon con paso decidido, agarrados del brazo. Todavía pude fijarme en las cicatrices de las muñecas de él y en el rostro de serenidad, orgullo y agradecimiento de ella. Cuando desaparecieron me acerqué a examinar el vaso de vino.

domingo, 23 de abril de 2017

Murio en misa un domingo por la mañana, dijo Addie.

Murio en misa un domingo por la mañana, dijo Addie. Ya lo sabes.
  Sí, me acuerdo.
  Era agosto, en la iglesia hacía calor y Carl siempre llevaba traje, incluso en los días más calurosos del verano. Le parecía que era su obligación como empresario, como agente de seguros. Le importaban las apariencias. No sé por qué ni por quién. Pero a él le importaban. A mitad del sermón del pastor noté que se apoyaba en mí y pensé: Se ha dormido. Bueno, pues que duerma. Está cansado. Pero entonces se cayó hacia delante y se gopeó la cabeza contra el respaldo del banco de delante sin que yo puediera evitarlo. Intenté agarrarlo, pero se dobló y cayó al suelo. Yo me agaché, le susurré. Carl. Carl. La gente de alrededor nos miraba y el hombre que estaba a su lado se deslizó del asiento para ayudarle y levantarse. El pastor se calló y empezó a levantarse gente para echar una mano. Llamad a una ambulancia, dijo alguien. Lo levantamos del suelo y lo tumbamos en el banco. Intenté hacerle el boca a boca, pero ya había muerto. Llegaron los de la ambulancia. ¿Quiere que lo traslademos al hospital?, me preguntaron. No, llévenlo a la funeraria. Tendremos que esperar al forense para poder moverlo. Así que esperamos al forense y al fin apareció y declaró a Carl muerto.





jueves, 9 de marzo de 2017

Bernard. París, 2007


Obeservaba desde la terraza el tránsito de los automóviles, mi mirada descendió hacia el banco del bulevar Bourdon, donde una pareja de jóvenes se besaba; probablemente el mismo banco en el que Bouvard y Pécuchet conversaron, bajo un calor de treinta y siete grados, en la novela de Gustave Flaubert. No hay nada más placentero y hechizante que deleitarse observando los besos que se dan los jóvenes en París: besos de tornillo, de pura lengua; Robert Doisneau supo retratar el beso parisino como nadie.

martes, 28 de febrero de 2017

Se abrió la puerta y nos cruzamos con una mujer joven...



     Se abrió la puerta y nos cruzamos con una mujer joven que llevaba a un niño de pecho en brazos. La criatura estaba envuelta en varias mantas y gritaba a plenos pulmón. La mujer estaba pálida y tenía los ojos enrojecidos por la falta de sueño. En el vestíbulo había esperando al menos una docena de personas, sentadas en bancos de madera. Unas jugaban a las cartas, otras miraban apáticas al vacío o fumaban su pipa en silencio. El olor que reinaba en la sala, mezcla de pus, tabaco y turba quemada le irritaba los ojos que empezaron a lagrimear.

domingo, 19 de febrero de 2017

Se sentó en el sofá a contemplar cómo moría.

     Se sentó en el sofá a contemplar cómo moría.
     El gato no se interesó por él. Fue dando pasitos hacia Aaron y saltó a su regazo. Ronroneó. Tenía el ojo blanco cerrado y parecía que estuviera guiñando con el negro. Aaron le acarició el lomo flaco.
     De repente vio a su padre sentado junto a ella igual que el dia en que pasó la prueba de acceso en la Academia de Policía, en un banco junto al césped despues de dar un largo paseo.
     "¿Dónde? ¿En el bosque? ¿En el parque? ¿Junto al Rin? ¿Estaba nerviosa? ¿Me demostró él lo orgulloso que se sentía? ¿Y mi madre? ¿Fingió que se alegraba por mí?
     Recordó las palabras de él: "Antes de despegar hacia Mogadiscio le oculté algo a Wegener; si no, no me habrían permitido participar en la operación...

lunes, 13 de febrero de 2017

Los pies desnudos rozaban los escalones de la escala...


     Los pies desnudos rozaban los escalones de la escala y, tanteando en la oscuridad, pasó entre las dos hileras de hombres que movían los remos. Allí se les oía hablar, resollar, moverse; sujetos por cadenas a los pies, dormidos por turnos, según la costumbre.
     Se encontró entre los hombres condenados, pero no podía verlos. Sabía que estaban en sus  bancos, barbudos, enfermos, atontados, apenas cubiertos de harapos. Nada de esto le interesaba; no se ocuparía de ellos aun cuando fuesen esclavos como él y tomaran la misma sopa de pescado corrompido. Distinguía claramente el menor roce de los remos, pero otras palabras eran la que él bajaba a buscar en las tinieblas pestilentes de la bodega, dichas para él expresamente.

lunes, 6 de febrero de 2017

A primera hora de la mañana, el suegro de Groc...

A primera hora de la mañana, el suegro de Groc, Vicent Ferrer, deja que los tibios rayos de sol de principios de febrero le acaricien la frente. Viste blusa y chaleco negros, y a sus sesenta años -y casi los mismos de trabajo en el campo- es un anciano de pelo cano y rostro terroso y agrietado. Sentado en el banco de piedra junto a la puerta de su casa, en la calle de San Víctor, vigila a sus dos nietos pequeños, hijos de su hija Josefa, que juegan cerca.
  -Yayo, ¿cuándo volverá la mamá? -pregunta el pequeño Tomás, de cuatro años.
  -¡Cuando la dejen los negros! -se apresura a responder su hermana Joaquina, de apenas siete años, sentada en el suelo de la calle mientras juega a lanzar piedrecitas y recogerlas sobre el dorso de la mano.
  El abuelo Vicent suspira y piensa en la desgracia de su hija Josefa y de Manuela, su nieta mayor.

martes, 31 de enero de 2017

El percance no le disuadió de su propósito:

 

  El percance no le disuadió de su propósito: durante las horas que mediaban entre la llegada y el regreso de los jugadores, se sentó en un banco público, frente a El Sardinero, y estuvo practicando el ensamblaje del arma hasta adquirir un completo dominio de las operaciones. Por fortuna pudo conseguir plaza en el mismo avión en que regresaba el equipo después del partido. Ya era de noche cerrada, la luz interior de la cabina no era demasido buena, y al igual que en el viaje de ida, el avión iba dando bandazos.No obstante, logró desmontar el camión y montar el revolver con tiempo suficiente.

domingo, 29 de enero de 2017

El blanco rectángulo de la plaza fue atravesado...


  El blanco rectángulo de la plaza fue atravesado por un grupo de individuos. M. Andesman no veía más que una parte de aquel rectángulo. No tuvo tantas ganas de verlo como para llegar por ello a levantarse y dar los diez pasos que le separaban de la torrentera desde la que hubiera podido verlo, y ver, también, detrás de la hilera de bancos verdes, aún vacíos a causa del calor, el auto negro de Valérie.
  Se oyó un bailable.
  Luego cesó.

viernes, 20 de enero de 2017

Entre las escarpadas cúspides de los tejados...


  Entre las escarpadas cúspides de los tejados, los truenos lejanos retumban en los cielos grises como cañonazos de las grandes y antiguas guerras polacas de antaño. Cobijándose de la tormenta en la entrada de la iglesia, se queda mirando la boina azul hasta verla desaparecer tras una esquina.

La iglesia está vacía y el altar mayor se ve muy lejos. Discretamente y sin que nadie lo vea, se santigua antes de retirarse a un pasillo lateral y refugiarse en un banco estrecho. Allí donde un rayo de luz calienta la tela marrón rojiza descolorida del estrecho cohín, se pasa un largo rato arrodillado a modo de inane penitencia y añoranza, tocando la madera oscura con la frente, intentando no pensar en nada, o mejor dicho, no sentir nada.

martes, 17 de enero de 2017

-Tengo muchísimos trajes -insistió el famoso futbolista-,



  -Tengo muchísimos trajes -insistió el famoso futbolista-, y sería un placer para mí poderte regalar alguno. Habíamos compartido el mismo banco en la escuela, y tú me dejabas copiar. Al fin y al cabo, ¿qué significa para mí un traje? ¿Dónde quieres que te lo envíe?
  -No puedes hacerlo-contestó Andreas-, simplemente por el hecho de que no tengo domicilio. Has de saber que desde hace algún tiempo vivo bajo los puentes del Sena.
  -En este caso - dijo el futbolista Kaniak- te alquilaré una habitación, aunque solo sea con el fin de poderte enviar allí uno de mis trajes. ¡Vámos!
  Concluida la comida, el futbolista Kaniak alquiló una habitación, que costaba veinticinco francos por día, y se encontraba cerca de esa magnífica iglesia de París conocida por el nombre de Madeleine

domingo, 15 de enero de 2017

Un revoltijo de emociones me abruma hasta el punto de sentirme asfixiada...



  Un revoltijo de emociones me abruma hasta el punto de sentirme asfixiada entre las cuatro paredes del despacho. Cojo la gabardina y salgo a la calle. Sin plantearlo, mi pasos me llevan hasta el parque. Camino bajo los deshojados tilos, disfrutando del aroma que desprenden la lavanda y el romero de los parterres que bordean el paseo. Las hojas secas, muertas, de tonalidades ocres, componen una colorida y mullida alfombra que me adentra hacia la arboleda. Me siento en un banco rústico, de madera, miro al cielo de un sorprendente gris metalizado y suspiro.

viernes, 6 de enero de 2017

Al llegar, tuve la impresión de haber hecho un viaje al pasado...

  Al llegar, tuve la impresión de haber hecho un viaje al pasado. Colmenar parecía haberse congelado en plena Edad Media. Las casas de piedra gris, con tejados rojos y chimeneas cónicas, formaban una estampa muy distinta a la ciudad que había dejado atrás esa misma mañana. Alcé los ojos hasta el campanario y vi un enorme nido de cigüeña. Al fondo, las motañas verdes lucían sus cimas nevadas.
 Álvaro me esperaba sentado en un banco, junto a la parada de autobuses. Supe que era él al instante. No había nadie más en aquella plaza. Tras su desconcertante frase de bienvenida, tomó una de mis mochilas y me hizo un gesto con la cabeza para que le siguiera.
  Di por echo que íbamos a su casa, en el pueblo, así que me sorprendió que se parara junto a un Land Rover y metiera mis cosas en el maletero. Aun así, entre en el coche sin rechistar. No sabía adónde nos dirigíamos. Tampoco me importaba.