miércoles, 13 de abril de 2016

Pero aquellos necios, sin embargo, se equivocaron una vez más.




      Pero aquellos necios, sin embargo, se equivocaron una vez más. El mendigo que había entrado en San Francesco no era uno cualquiera.
     Sin darse un respiro, el hombre de la ropa raída dejó atrás la doble fila de bancos de madera que flanqueaban la nave principal y apretó el paso hacia el altar mayor. En la iglesia no se veía ni un alma. Mejor. Al fin le había sido permitido ver una tabla. La Virgen de las Rocas, de la que muy pocos en Milán conocía su verdadero nombre: la Maestà.