lunes, 13 de julio de 2015

EL CIEGO QUE VEÍA A DIOS.





Madrid, corazón de España
Estrenaba primavera.
Los árboles se adornaban
Con sus primicias más bellas.

Por la calle de Alcalá
No se cantaban zarzuelas
De floristas con los nardos
Y clavelitos de fiesta.

Y sin falda “almidona”
Muchachas quinceañeras
Vestían la minifalda
Luciendo sus lindas piernas.

Los coches iban veloces
En caótica carrera,
Arrancando a sus motores
Una estrepitosa fuerza.

Entre murmullos y prisas
Un ciego de unos cuarenta
Pregonaba sus cupones
Por sólo treinta pesetas.
 

Su voz se quebró al instante
Cuando una campana vieja
Llamaba con sus repiques
Al templo que estaba cerca.

Con un ademán solemne
Salvó con cierta cautela
El trecho que le faltaba
Hasta llegar a la iglesia.

Y yo, sin saber porqué,
Sin advertirlo siquiera,
Buscando algo insospechado
Crucé la sagrada puerta.

La música me envolvió
En una emoción intensa,
Estaba como impregnada
De una celestial cadencia.

Oro de los cálices sacros
Con albura de ornamentas,
Lámparas, luces, colores,
Resplandores de las velas.
 

Perfume de incienso y flores,
Fuerte calor de la cera.
Olor a infancia lejana,
Olor a lejana aldea.

Aldea, templo, niñez…
Ay Dios mío, cuánto pesan
Estos recuerdos tan hondos
De resonancia eternas.

Al tomar la comunión
El hombre de gafas negras
Cantó “Veante mis ojos”
De tradicional esencia.

Cuando volvía a su banco
Tenía la faz serena.
El bastón de mariscal
Lo apoyaba en su derecha.

Y su pecho era sagrario
De divina realeza,
Del Creador de la luz
Que ahuyentara las tinieblas.
 

Apenas hubo salido
Gritó otra vez en la acera.
-Tengo cupones de suerte,
Los dos últimos me quedan-.

Yo presuroso corrí
Y le arrebaté la oferta.
-Gracias, señor-, él me dijo
Con suma delicadeza.

Por un momento sentí
Cierto dolor de cabeza
Y un temblor que me llenó
De una profunda vergüenza.

Él me llamaba señor.
Él que, llevaba por prenda
Dentro de su corazón
Al Dios de cielos y tierra…
 
La tarde nos obsequiaba
Con una caricia fresca.
Las hojas verdes bailaban
Una danza suave y lenta.
 

El ciego partió silbando
Y entró en una callejuela.
Y yo, sin saber porque,
Me fui de nuevo a la iglesia.


Versos en el camino
Avelino Medina